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miércoles, 6 de enero de 2016

Roscón de Reyes y Chueca para una recién llegada

Roscón de Reyes y Chueca para una recién llegada


Hace años, casi recién llegada a Madrid, vivía en una pensión. Una pensión fea y barata, en Chueca. Todos los que vivíamos allí éramos como los niños perdidos de Peter Pan… Con pocos amigos cerca, poco tiempo en la ciudad, solitarios. En realidad, fuera de eso, poco más teníamos en común los huéspedes. Mujeres éramos sólo dos: una mujer muy rara que sólo comía acelga con patatas, y yo. Ella tenía unos cincuenta años muy mal llevados y algunos pelos blancos en la barbilla. Los tíos, en general, callados y un poco tristes. 
Llegó la noche de Reyes y Alfredo (el mayor de todos nosotros, que daba consejos constantemente y cambiaba de humor cada diez minutos) me contó del Horno San Onofre mientras en el telediario echaban un reportaje sobre roscones. Lo había decidido: al día siguiente, compraría un roscón en San Onofre y lo llevaría a la pensión para que todos, y especialmente Alfredo, tuviesen algo distinto y alegre por la mañana, ya que los Reyes seguramente se saltarían nuestra pensión en Chueca. 
Puse el despertador y temprano me fui a por el magno-bollo. 
Pero… ¡¿Cuánta gente compra roscones en día de reyes?! 
En panaderías y hornos había colas infinitas. Empecé a desesperar porque si se hacía tarde, todos en la pensión se irían por ahí sin haber probado roscón. En varios sitios se había terminado y en otros había demasiada gente esperando.
Terminé comprando un roscón en el chino.
Volví al "hogar". Entré, fui a la cocina y puse agua a calentar. Preparé una bandejita en la que dispuse el roscón con bastante arte, llené mi termo con agua caliente, puse mi juego de tacitas blancas que había comprado en el Carrefour, unas bolsitas de té, y empecé a llamar a la puerta de las habitaciones (no sin un poco de susto, porque con algunos casi no había cruzado palabra jamás y eran las nueve de la mañana de un festivo).
Sólo me atendieron Luis (un pintor que hacía cuadros decorativos para restaurantes) y Alfredo. Les expliqué que tenía roscón, me dijeron que era muy temprano. De los demás, nada, ni abrieron la puerta. No sé a qué hora se levantaron Luis y Alfredo. Yo los estaba esperando desde las nueve. Desayunamos en el recibidor, donde había un sillón y un televisor. 
Conversamos de naderías. Yo estaba contenta, aunque mi roscón no había triunfado para nada: a Luis le sentaban mal los dulces así que comió muy poquito y Alfredo era camarero y conseguía roscón del bueno en su trabajo. Y a mí, me tocó un muñequito azul de plástico, que significaba que yo debía pagar el postre… (ya lo había hecho, obviamente, sino el chino del barrio me hubiese perseguido sin piedad).
Pero no sé, hubo algo que me hizo sentir contenta en ese desayuno con extraños. 
Ese momento fue bonito.